1713. La viruela


A fines del siglo XVIII, una nueva enfermedad, la viruela, comenzaba a propagarse en Europa y dejaría su trazo inconfundible en la historia. En los tempranos días de la medicina, el cuerpo humano era el laboratorio y la enfermedad misma, el instructor. La viruela fue uno de los grandes y terribles maestros. Una de las observaciones más importantes para el desarrollo posterior de los métodos de prevención de las enfermedades fue advertir que una persona que había sufrido un ataque de viruela quedaba, a partir de entonces, protegida contra un contagio posterior. Así, se exigía al servicio doméstico, especialmente a las nodrizas, que poseyeran cicatrices de viruela como condición para obtener el empleo. La viruela se originó en el Lejano Oriente y parece que fue introducida primero en Europa con el regreso de los Cruzados. Allí floreció y se difundió hasta que, en el siglo XVIII, una de cada diez personas moría por viruela, y el 95% de los que vivían más allá de la infancia ya la habían contraído. Aproximadamente la mitad de estas personas tenían cicatrices permanentes y muchos eran ciegos. Las jóvenes contemplaban su imagen en el espejo y aguardaban que llegara su turno, algo que era casi inevitable. Se comenzó a observar que algunos brotes de viruela eran más graves que otros, aunque no se comprendía, por supuesto, por qué (sabemos ahora que esto se debe a variaciones en el virus que produce la enfermedad a causa de mutaciones). Dado que una persona debía contraer la enfermedad en algún momento, se pensó que sería ventajoso elegir el tipo de viruela que se habría de padecer y la oportunidad. Así, en el Lejano Oriente se practicaba la infección intencional de los niños con material conservado obtenido de infecciones leves. Los chinos lo hacían utilizando las costras pulverizadas –“flores celestiales”–, que luego aspiraban por la nariz. Los árabes llevaban consigo, en cáscaras de nuez, material procedente de pústulas de viruela y lo inyectaban debajo de la piel con la punta de una aguja. La inoculación con la viruela, conocida como variolación, fue introducida en Inglaterra en 1717 por Lady Mary Wortley Montogu, esposa del embajador británico en Turquía. En 1746 se estableció para los pobres de Londres un “Hospital para la Inoculación contra la Viruela", donde los enfermos podrían quedar confinados durante el transcurso de la infección deliberada. Aunque la enfermedad inducida generalmente era leve, en algunas personas producía dolencias serias. Además, dado que la erupción causada por variolación era tan contagiosa como la viruela contraída normalmente, este método de inoculación pudo haber sido responsable de algunas epidemias. Edward Jenner (1749-1823) era un médico rural inglés que, a pesar de la mofa de sus colegas, prestaba atención a los dichos de la gente de campo. Ellos fueron quienes le hicieron notar que la viruela nunca infectaba a las nodrizas o a otras personas que previamente habían tenido “vacuna”, una enfermedad leve de los animales de granja que a veces se transmitía a los seres humanos. Jenner intentó la variolación en varias personas que habían tenido vacuna y no pudo inducir la infección típica. Luego, en 1796, llevó a cabo su experimento clásico en un niño granjero de 8 años, llamado Jamie Phipps. Primero inoculó al niño con fluido extraído de una pústula de una nodriza que padecía vacuna. Luego lo inoculó con material de una lesión producida por viruela. Afortunadamente –para él, para Jamie y para todos nosotros– el niño no se contagió la viruela. Hoy sabemos que el éxito de la inoculación con vacuna dependía, por supuesto, de la similitud antigénica entre los dos patógenos naturales. Jenner llamó vacunación al proceso, por vacca, la palabra latina que significa vaca. Alrededor del año 1800, por lo menos 100.000 personas habían sido vacunadas y la viruela comenzó a perder su importancia en el mundo occidental. Pasaron casi cien años hasta que el francés Louis Pasteur (1822-1895), en sus estudios sobre inmunidad descubriera, por casualidad, que un virus o una bacteria desarrollados en tejidos distintos de los de sus hospedadores normales podían perder su virulencia, pero retener su inmunogenicidad. Pasteur conservó el vocablo vacunación en reconocimiento al trabajo anterior de Jenner. A pesar de la disponibilidad de una vacuna efectiva para la viruela, se estima que en la década de 1950 se producían aún unos dos millones de casos nuevos de viruela por año. Fundamentalmente estaban confinados en el Lejano Oriente; se presentaban sobre todo en la población urbana pobre de la India, cuyas condiciones de vida en el hacinamiento ofrecían un suelo tan fértil para la propagación del virus como las ciudades europeas dos siglos atrás. En 1973, la Organización Mundial de la Salud (OMS) le declaró la guerra a la viruela, lo cual implicó la producción masiva de vacunas y, lo más importante, misiones de búsqueda y destrucción encargadas de detectar cada caso nuevo de la enfermedad y vacunar a todas las personas susceptibles que podrían estar expuestas a ella; 150.000 personas integraron la fuerza operativa. El 23 de abril de 1977, una Comisión Internacional declaró a la India libre de viruela y así ha permanecido hasta ahora. En el mismo año, la OMS recomendó que los laboratorios de investigación de viruela se cerraran y que la provisión de virus se destruyera. Uno de estos laboratorios se encontraba en la Universidad de Birmingham, en Inglaterra. El 25 de julio de 1978, durante los últimos 6 meses de existencia del laboratorio, una médica fotógrafa que trabajaba en el piso inferior contrajo la terrible enfermedad; el virus, como se comprobó luego, había escapado del laboratorio por un sistema de cañerías y la fotógrafa no estaba vacunada. La enfermedad fue diagnosticada por el jefe del laboratorio, un virólogo prominente, responsable de las medidas de seguridad lamentablemente inadecuadas, que se suicidó cortándose la garganta. La fotógrafa murió 5 días después. Éstas parecen haber sido las últimas dos muertes causadas por la viruela en este planeta. Si bien en 1980 la OMS sugirió el almacenamiento de las últimas muestras de virus de viruela en dos de sus laboratorios –los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) en Georgia, Estados Unidos, y un laboratorio en Rusia–, se sospecha que algunos países pueden guardar, secretamente, reservas del virus con la intención de usarlo en el desarrollo de armas biológicas. El virus podría ser liberado a través de aerosoles, forma en la que permanece estable, y de esta manera podría extenderse con facilidad. Un número tan bajo como 50 o 100 casos dispararían un ejército de medidas de emergencia.

Véase también: cap. 40